Un día, al comienzo de una primavera gris aunque de vientos algo más cálidos que el gélido invierno que ya quedaba atrás, unos gritos de emoción despertaban a los rezagados y sorprendían al resto de congéneres de la aldea, con el entusiasmo del que ha alcanzado una de las metas de su vida. Un afortunado había encontrado oro en el río, y aunque no era un hallazgo de gran calibre y parecía más bien un pedrusco aislado, su alegría provocaba la empatía en algunos y las más malsanas envidias en otros.
Colqhunm, que en ese momento iniciaba su ascenso hacia su concesión, lo vio saltar de alegría infantil, y le maldijo por su fortuna, pero también le dio fuerzas para un día que debía ser determinante. Sus esperanzas fueros insufladas de nuevo justo antes de exhalar, y con paso firme, sacó su pico y su azadón, dispuesto a pulverizar la montaña misma hasta encontrar la veta de oro con la que tanto había soñado. Todo el ambiente, el entorno, le decían que estaba cerca, que era cuestión de poco tiempo, que se toparía con ella de una manera u otra, y sus músculos solo escuchaban esa desvalida canción, mientras sus brazos subían y bajaban con furiosa entrega. El pico chocaba con la piedra y las chispas destellaban una vez tras otra, en diferentes puntos del risco. Un incansable Colqhunm no paraba de dar zancadas al borde de los abismos de roca, picando y empapando los lugares que consideraba más propicios, solo preocupado por el acierto de su herramienta.
Sus ojos, invadidos por el sudor que se dejaba caer por la frente, no parpadeaban y un brillo de demencia se fijaba en el punto exacto en el que el pico se fundía con la tierra como un relámpago malsano. Sus dientes apretados, rechinaban de rabia, y sus dedos se aferraban al mango de madera como si fuera su único pasaje a la otra vida. Ciego, un obcecado Colqhunm, cada vez apuraba más sus fuerzas en el borde del risco, al limite de lo humano.
Y en un golpe desesperado y descontrolado por el cansancio, el pico resbaló y tiró de los brazos del desdichado como si este agarrara una maroma enhiesta desde el infierno, arrojándole por el abismo que terminaba en las márgenes del río. El cuerpo desmadejado golpeó con riscos y punzantes agujas quebrando todos sus miembros, destrozando órganos internos en implosiones provocadas por impactos irresolubles, y su cabeza rebotaba hasta que su cráneo no aguantó más y como huevo quebradizo se abrió, dejando escapar borbotones de sangre y masa cerebral cuando llegó a una terraza poco antes del fondo y chocó violentamente contra el suelo, rompiéndose el cuello y quedando Colqhunm como un títere desplomado vestido con jirones y los ojos abiertos, con una mueca de sorpresa en su desollado rostro.
La caída había sido mortal, pero un último hálito de vida lo mantenía inmóvil, con la columna rota y sin posibilidades de mover dedo alguno, pero consciente durante unos minutos, lo justo hasta que su cuerpo se colapsara y abandonara su miserable existencia en esa menos fría mañana de recuerdo invernal. Como en una moviola, diversos momentos con su lejana esposa y su ya ajeno hijo le vinieron entre recuerdos borrosos, pero lo último que registraron sus ojos, la última imagen que quedo plasmada en algún lugar de su malogrado cerebro, fue el fulgor dorado, el brillo resplandeciente al primer sol de primavera, de la hermosa veta de oro sobre la que había caído.
Colqhunm, que en ese momento iniciaba su ascenso hacia su concesión, lo vio saltar de alegría infantil, y le maldijo por su fortuna, pero también le dio fuerzas para un día que debía ser determinante. Sus esperanzas fueros insufladas de nuevo justo antes de exhalar, y con paso firme, sacó su pico y su azadón, dispuesto a pulverizar la montaña misma hasta encontrar la veta de oro con la que tanto había soñado. Todo el ambiente, el entorno, le decían que estaba cerca, que era cuestión de poco tiempo, que se toparía con ella de una manera u otra, y sus músculos solo escuchaban esa desvalida canción, mientras sus brazos subían y bajaban con furiosa entrega. El pico chocaba con la piedra y las chispas destellaban una vez tras otra, en diferentes puntos del risco. Un incansable Colqhunm no paraba de dar zancadas al borde de los abismos de roca, picando y empapando los lugares que consideraba más propicios, solo preocupado por el acierto de su herramienta.
Sus ojos, invadidos por el sudor que se dejaba caer por la frente, no parpadeaban y un brillo de demencia se fijaba en el punto exacto en el que el pico se fundía con la tierra como un relámpago malsano. Sus dientes apretados, rechinaban de rabia, y sus dedos se aferraban al mango de madera como si fuera su único pasaje a la otra vida. Ciego, un obcecado Colqhunm, cada vez apuraba más sus fuerzas en el borde del risco, al limite de lo humano.
Y en un golpe desesperado y descontrolado por el cansancio, el pico resbaló y tiró de los brazos del desdichado como si este agarrara una maroma enhiesta desde el infierno, arrojándole por el abismo que terminaba en las márgenes del río. El cuerpo desmadejado golpeó con riscos y punzantes agujas quebrando todos sus miembros, destrozando órganos internos en implosiones provocadas por impactos irresolubles, y su cabeza rebotaba hasta que su cráneo no aguantó más y como huevo quebradizo se abrió, dejando escapar borbotones de sangre y masa cerebral cuando llegó a una terraza poco antes del fondo y chocó violentamente contra el suelo, rompiéndose el cuello y quedando Colqhunm como un títere desplomado vestido con jirones y los ojos abiertos, con una mueca de sorpresa en su desollado rostro.
La caída había sido mortal, pero un último hálito de vida lo mantenía inmóvil, con la columna rota y sin posibilidades de mover dedo alguno, pero consciente durante unos minutos, lo justo hasta que su cuerpo se colapsara y abandonara su miserable existencia en esa menos fría mañana de recuerdo invernal. Como en una moviola, diversos momentos con su lejana esposa y su ya ajeno hijo le vinieron entre recuerdos borrosos, pero lo último que registraron sus ojos, la última imagen que quedo plasmada en algún lugar de su malogrado cerebro, fue el fulgor dorado, el brillo resplandeciente al primer sol de primavera, de la hermosa veta de oro sobre la que había caído.
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