14 de abril de 2009

Colqhunm (y VI)

Un día, al comienzo de una primavera gris aunque de vientos algo más cálidos que el gélido invierno que ya quedaba atrás, unos gritos de emoción despertaban a los rezagados y sorprendían al resto de congéneres de la aldea, con el entusiasmo del que ha alcanzado una de las metas de su vida. Un afortunado había encontrado oro en el río, y aunque no era un hallazgo de gran calibre y parecía más bien un pedrusco aislado, su alegría provocaba la empatía en algunos y las más malsanas envidias en otros.
Colqhunm, que en ese momento iniciaba su ascenso hacia su concesión, lo vio saltar de alegría infantil, y le maldijo por su fortuna, pero también le dio fuerzas para un día que debía ser determinante. Sus esperanzas fueros insufladas de nuevo justo antes de exhalar, y con paso firme, sacó su pico y su azadón, dispuesto a pulverizar la montaña misma hasta encontrar la veta de oro con la que tanto había soñado. Todo el ambiente, el entorno, le decían que estaba cerca, que era cuestión de poco tiempo, que se toparía con ella de una manera u otra, y sus músculos solo escuchaban esa desvalida canción, mientras sus brazos subían y bajaban con furiosa entrega. El pico chocaba con la piedra y las chispas destellaban una vez tras otra, en diferentes puntos del risco. Un incansable Colqhunm no paraba de dar zancadas al borde de los abismos de roca, picando y empapando los lugares que consideraba más propicios, solo preocupado por el acierto de su herramienta.

Sus ojos, invadidos por el sudor que se dejaba caer por la frente, no parpadeaban y un brillo de demencia se fijaba en el punto exacto en el que el pico se fundía con la tierra como un relámpago malsano. Sus dientes apretados, rechinaban de rabia, y sus dedos se aferraban al mango de madera como si fuera su único pasaje a la otra vida. Ciego, un obcecado Colqhunm, cada vez apuraba más sus fuerzas en el borde del risco, al limite de lo humano.
Y en un golpe desesperado y descontrolado por el cansancio, el pico resbaló y tiró de los brazos del desdichado como si este agarrara una maroma enhiesta desde el infierno, arrojándole por el abismo que terminaba en las márgenes del río. El cuerpo desmadejado golpeó con riscos y punzantes agujas quebrando todos sus miembros, destrozando órganos internos en implosiones provocadas por impactos irresolubles, y su cabeza rebotaba hasta que su cráneo no aguantó más y como huevo quebradizo se abrió, dejando escapar borbotones de sangre y masa cerebral cuando llegó a una terraza poco antes del fondo y chocó violentamente contra el suelo, rompiéndose el cuello y quedando Colqhunm como un títere desplomado vestido con jirones y los ojos abiertos, con una mueca de sorpresa en su desollado rostro.
La caída había sido mortal, pero un último hálito de vida lo mantenía inmóvil, con la columna rota y sin posibilidades de mover dedo alguno, pero consciente durante unos minutos, lo justo hasta que su cuerpo se colapsara y abandonara su miserable existencia en esa menos fría mañana de recuerdo invernal. Como en una moviola, diversos momentos con su lejana esposa y su ya ajeno hijo le vinieron entre recuerdos borrosos, pero lo último que registraron sus ojos, la última imagen que quedo plasmada en algún lugar de su malogrado cerebro, fue el fulgor dorado, el brillo resplandeciente al primer sol de primavera, de la hermosa veta de oro sobre la que había caído.
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8 de abril de 2009

Colqhunm (III)

Más de una vida vio pasar con el reflejo de su mirada en los ojos del muerto, y un hálito de compasión le inundaba mientras entre varios metían el inerte cuerpo en un rústico ataúd de madera sin curtir y tablones que más mal que bien encajaban entre sí. Era casi una rutina de silencioso réquiem comunal que seguían como una obligación que no iban a abandonar nunca, y pocos eran los que alcanzaban a ver que cada compañero que dejaba su existencia en los fríos riscos y helados riachuelos, era un aviso de la naturaleza gritándoles sordamente que mejor hacían volviendo al calor de la costa que seguir buscando los tesoros de la tierra. Pero ellos solo veían oro, oro más vital que el oxigeno, oro más valioso que la vida.
Colqhunm se había hecho con una concesión de difícil acceso pero luminosas promesas gracias a una orografía propicia, aunque la fortuna no había visitado aún su agotadora cotidianidad, y día tras día hacía su penoso ascenso al amanecer, comía lo que cabía en un viejo morral de cuero que suponía su garantía de supervivencia, y al caer el sol regresaba al poblamiento de hermanos buscadores, ahogaba su decepción contemplando sus ojos cada vez más caídos en el reflejo en la botella de whisky y la conversación con el hombre de detrás de la barra, cuya retahíla de temas comunes y ánimos trasnochados eran la socialización más cercana al ser humano de alguien que cada vez lo era menos, para luego dejarse caer en su catre enmohecido y nadar en turbulentos sueños de cada vez mas oscuras esperanzas.
El silencio de la noche cubría el endeble poblado, en espera de la fría y nublada mañana, que traería un día más de desdichas generalizadas, o fortunas espontáneas.

2 de abril de 2009

Colqhunm (II)

Pernoctaba Colqhunm en los improvisados poblados que se iban formando en las lindes de montes o ríos donde algún alma desesperada había dado el grito de hallazgo, habitualmente en un delirio ciego lejos de la realidad orográfica del terreno. Tablones de madera apilados en una parodia de casas de no más de dos pisos, amontonadas una junto a otra como si se protegieran de un viento helado que pudieran sentir, daban techo y cobijo a todo valiente, desdichado, insensato o emprendedor que dejara caer sus huesos en algunos de sus malolientes catres llenos de chinches y maldiciones indias. Un descanso efímero para el buscador de oro, que encontraba alivio y calor en los brazos de una puta exiliada de los grandes salones del este, de andrajosos cabellos pero bendito abrazo de maternales recuerdos. Al cerrar los ojos en esos breves momentos de calor humano, Colqhunm recordaba los tazones de leche caliente en el regazo de su madre, el abrazo de su esposa los primeros días de su matrimonio, la cuna el día del nacimiento de su hijo… escenas que una repentina madera quebrada hacían evaporarse y dejaban en su lugar una sola imagen gobernada por un solo color, el brillo dorado de la veta ansiada que le nublaba la razón y cegaba su propio sentido de la supervivencia.
Otras noches, de frío sueño al raso, ni recuerdos y tres pieles de lobo podían calentar su gélido cuerpo entumecido, aún con el ardor de su ánimo bullendo en su avaricioso corazón, que alimentaba su codicia con destellos de riquezas. A la mañana siguiente, con ojos cristalinos y ahogados en las profundidades de la perdición, Colqhunm retomaba el camino hacia su destino.

26 de marzo de 2009

Colqhunm (I)

Charles Ebenezer Colqhunm fue uno de tantos afectados por la más extendida afección del último cuarto del siglo XIX a todo lo largo de las Rocosas, la Fiebre del oro. Abandonando su precario empleo como minero y a una esposa e hijo cuyos lazos se limitaban a la rutinaria despedida cada mañana al finalizar el desayuno, un día empacó todo lo que creía que podría necesitar, que no era mucho, y marchó como otros tantos a probar fortuna en el floreciente oeste que prometía más que una prostituta destentada, y que igualmente se dejaba cubrir por la sombra de la decepción, acechante como un lobo hambriento en la oscuridad.
Un penoso viaje gobernado por la desolación y la vista del regreso de algunos que no habían podido soportar la soledad del pionero, no minaron la voluntad de Colqhunm, que solo miraba al frente como un águila su destino, escudriñando las montañas y las posibilidades de vetas repletas del dorado metal, mientras su bigote ocultaba su boca, y solo entre las ranuras de este su aliento escapaba helándose por el frío del más crudo invierno. Con el sombrero bien calado, ni la debilidad ni la desidia hacían mella en su alma avariciosa, en su pertinaz obstinación por el brillo dorado. Curiosa fiebre que en lugar de postrar en el lecho al más fuerte de los hombres, les daba fuerzas para perseguir su propia perdición en algún riachuelo abandonado o un monte maldito por las propias criaturas del bosque. Esta dolencia también provocaba escalofríos, pero estos empujaban al abismo con homicida precisión.

15 de octubre de 2008

La última hora

La luz anaranjada del exterior entraba por las ventanas e iluminaba el techo con las ráfagas de los coches que pasaban. La noche había caído sobre la ciudad, y el manto de la luz artificial reinaba a sus anchas, colándose en las rendijas de una urbe dormida, amarilla.
Protegido por la oscuridad de la sala, aspiraba el humo de un cigarro mientras mantenía la mirada fija en la ventana, sentado en un sillón, aferrándose a los últimos momentos de un día que agonizaba forzosamente. No había sido un día especial, pero los últimos minutos resultaban extrañamente valiosos, dorados como la luz que se colaba.
El silencio era cómplice de los prolegómenos del sueño reparador, los instantes de vigilia antes de zambullirse en la inconsciencia de la madrugada. Y aunque sabía que debía levantarse temprano, saboreaba esos postreros minutos antes de olvidarlos, como si fueran la esencia del día, el verdadero sabor placentero de la realidad palpable.
Durante ese tiempo breve, era él mismo, y nada en el mundo podía cambiar su parecer. Sabía que cada día que pasaba, estaba más cerca.
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2 de octubre de 2008

Las sombras alargadas

Las sombras alargadas son los restos de los que han sido, que reptan por el suelo para alcanzar el presente. Quizá no sirvan de mucho, pero siempre recordarán a los que estuvieron, aunque solo fuera para sudar un poco y saber quien lo hizo antes.
Siempre he pensado que no tenemos en cuenta nuestro pasado todo lo que deberiamos, y que por ello estamos condenados a repetir los mismos errores, una y otra vez. Alguien tiene que estar doblado de risa mientras nos vé en su bola de cristal. Y esto, lejos de deprimirme, me proporciona el entendimiento de que al menos existe un sentido a la vida. Me río entonces mientras pienso "bueno, ya somos dos".
Eso me hace levantarme cada mañana con otra cara.
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